El pintor distraído

Amaneció como siempre en la jungla. Bah!... como siempre es una manera de decir, porque todos los árboles, las flores y los animales estaban pintados de todos colores. Bueno, lo raro no es que hubiera colores porque la jungla es de todos colores, el asunto era cómo estaban puestos esos colores.

La Jirafa, por ejemplo, amaneció naranja con pintitas azules, las Cebras eran a rayas… pero coloradas. El Cocodrilo era un magnífico arco iris, el Hipopótamo parecía un gran globo verde con manchas amarillas y el León descubrió en el espejo que ahora era fucsia y que su melena tenía un mechón de virulento color celeste. Ni hablar de plantas y flores, que si bien tenían hermosos colores ninguna ya se parecía a lo que habían sido.

Todos se quedaron mirando, porque sabían quién era el responsable de tamaña situación. Resulta que el Gorila había ganado una licitación para repintar la selva, porque ya le estaba haciendo falta una manito de pintura y en el pliego se decía bien clarito: “Se deben repintar todos y cada uno de los componentes de la selva de acuerdo a sus colores originales”.

Clarito, clarito.

Los animales estaban reunidos comentando la situación, cuando pasó el pintor cargando todos sus tarros, escaleras, aparejos y pinceles, silbando una bella canción y como en otro mundo. Sólo como al descuido y como pensando en otra cosa, dijo al pasar:

-Terminé, quedó fantástico ¿no? Nunca pensé que todos ustedes fueran de tan hermosos colores.

Todos se miraron, nadie entendió nada. Y se fueron a sus casas, todos colorinches, a pensar en el asunto.

En la puerta de su casa, el Gorila -peinado a la gomina y de impecable trajecito a cuadros marfil y tostado- le puso a la Gorila una Libélula, como adorno en el cabello, extendió desde su gruesa mano un pequeño ramito de lilas, y con la luna como testigo le dijo por vez número mil que la amaba.

Esa noche, el León, que miraba desde cerca entendió lo que pasaba, y por la mañana, mientras se peinaba para ir a contarselo a los demás animales, se sintió orgulloso de su color fucsia y su mechón celeste. Ese mechón celeste que le recordaba que el Gorila estaba enamorado, y que cuando uno se enamora todo se ve de hermosos colores.



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